Me llamo Ana Caridad y me gustaría contarte un poquito de mi historia
Durante mucho tiempo busqué algo que, al principio, ni siquiera sabía qué era. Lo busqué intentando ser la persona que me decían que debía ser y la que yo misma creí que debía llegar a ser. Lo busqué en mi familia, en mi pareja, en mis amigos, en cursos, talleres, en distintos lugares… Incluso lo busqué en mis hijas. Pero no lograba encontrar ese algo. Siempre había un vacío en mí.
Durante todo ese tiempo me hice muchísimas preguntas. Algunas encontraron respuesta; otras siguen acompañándome. De las que encontré, hubo algunas que con el tiempo dejaron de tener sentido para dar paso a otras nuevas. Mi camino fue cambiando y yo también he cambiado.
En ese camino encontré dolor, tristeza y miedo, pero también alegría, esperanza, felicidad y personas que dejaron huella, mientras otras solo estuvieron de paso. Encontré pérdidas, encuentros y aprendizajes. Y, sobre todo, me fui encontrando poco a poco a mí misma.
He buscado tanto sin saber realmente qué estaba buscando que, casi sin darme cuenta, comprendí algo que cambió mi forma de entender la vida. Comprendí que existen tantos caminos como personas. Algunos se cruzan durante un tiempo; otros nunca llegan a encontrarse. Y todos son únicos.
Llevaba tanto tiempo buscando respuestas fuera que comprendí que muchas de ellas siempre habían estado dentro de mí.
Poco a poco comprendí que durante mucho tiempo había buscado fuera algo que nunca iba a encontrar allí: «No necesitaba convertirme en alguien diferente ni cumplir las expectativas de los demás para sentirme completa».
El coaching apareció en mi vida mucho antes de que me atreviera a estudiarlo. Cuando lo conocí, algo dentro de mí supo que aquel camino tenía sentido. Sin embargo, tardé trece años en dar el paso. Hubo miedo, dudas y muchas razones -y excusas- para posponerlo. Hasta que un día decidí regalarme esa oportunidad.
Fue durante mi propio proceso de coaching cuando descubrí qué era aquello que llevaba tanto tiempo buscando.
Buscaba un hogar.
Durante años pensé que ese hogar estaba en algún lugar fuera de mí. Creía que lo encontraría cuando lograra ser suficiente, cuando lograra quererme, cuando encontrara a las personas adecuadas o cuando mi vida fuese distinta.
Pero no era así.
Fue durante mi propio proceso de coaching cuando empecé a mirarme con honestidad y a aceptar a la persona que era, con mis luces y mis sombras. Descubrí que el amor hacia mí misma no apareció cuando intenté convertirme en alguien mejor, sino cuando dejé de luchar contra quien era.
Entonces comprendí que el hogar que llevaba toda la vida buscando, nunca había estado fuera.
No necesitaba encontrarlo.
Necesitaba empezar a construirlo.
Cuando terminé mi formación entendí que no había encontrado un destino, sino una herramienta. Una herramienta que daba forma a una manera de estar en la vida en la que ya creía profundamente: que cada persona tiene dentro de sí misma los recursos y las respuestas que necesita, aunque a veces necesite un espacio donde detenerse para volver a encontrarlas.
Hoy acompaño a otras personas desde ese mismo lugar. No porque conozca su camino, sino porque confío en que cada una de ellas puede descubrir el suyo.
Hoy ya no busco un hogar.
Ahora lo construyo.
Y este espacio es una parte de ese camino.
"No necesitabas convertirte en alguien diferente, solo necesitabas el valor de volver a casa"